«Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir»…Henry Julio

Los recuerdos desnudos de Henry Julio

 

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El pasado y el presente han tocado la existencia de la humanidad,  de las ciudades, de los pueblos; quizás, por eso, existen mundos repletos de historias y de ratos inolvidables para los mortales.

Por Linda Esperanza Aragón

El Acontecer

«Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir«. Esta frase cabal pertenece al novelista portugués José Saramago, y asumo que fue reflexionada en un instante de plena conexión con la realidad. Evocar, exudar y otorgar recuerdos a otros es amasar y consentir a la memoria para que no se nos escape. Andar por la vida sin repasar el contexto, las personas, los problemas, las victorias y las épocas es como andar desmemoriado; es caminar sin dejar huellas, y cuando se quiere regresar, hay descarrío.

Cuando un hombre revela el pasado que vivió es porque absorbe de los días la esencia de la lucidez. Todo aquel que desea narrar el ayer merece los oídos de la gente, pues el tiempo anda con el brío de los atletas; lo efímero está a la vuelta de la esquina y la vida pasa sin dejar notas pegadas en el refrigerador.

El pasado y el presente han tocado la existencia de la humanidad,  de las ciudades, de los pueblos; quizás, por eso, existen mundos repletos de historias y de ratos inolvidables para los mortales.

Henry Julio es un mortal que vive en el corregimiento de Bomba, Magdalena, él ha creado mundos colmados de anécdotas que describen lo que ya pasó. Habla de cada una de ellas mientras grita con los ojos que añora lo que se fue y lo que no volverá. La música y la inspiración que le invaden cuando observa una hoja de papel en blanco lo convierten en un hombre emblemático y original: siempre una canción es el resultado de esos momentos en que permanece solo y callado. Y como buen amante de la música papayera ha desatado un frenesí por el redoblante y el bombo, instrumentos que han sido para él uno de los inventos más bellos.

Él sabe lo que es parir una letra melodiosa; él sabe lo que es gozar el nacimiento de una canción. Su admiración por los pioneros de la música vallenata es imbatible. Juancho Polo Valencia, Luis Enrique Martínez, Alejandro Durán, Abel Antonio Villa, Enrique Díaz, Leandro Díaz, Emiliano Zuleta, Andrés Landero, Julio de la Ossa, Pacho Rada, Nafer Durán, entre otros juglares que dejaron su corazón envuelto en historias imborrables, han sido ese legado inconmensurable que ha tenido en cuenta para cimentar su propio talento.

Henry es un buen observador, un excelente receptor, se atreve a imitar a las personas para revelar su lado más jocoso y posee una memoria perspicaz; virtudes que lo han transformado en una cápsula de información ancestral y popular que atañe a la población de Bomba.

¿Qué recuerdos conserva sobre la llegada de la televisión a color a Bomba, Magdalena?

Cuando era muy pequeño veía la televisión a blanco y negro. En ese tiempo no había electricidad en la población, por lo que estos aparatos funcionaban con una planta eléctrica, el combustible utilizado era la gasolina.

Recuerdo que el primer televisor a color lo trajo José Vásquez, uno de los señores más pudientes de Bomba. Los niños, muchachos y adultos dejaban de ver los programas en sus casas y se iban para la sala de Vásquez.

Al poco tiempo, Andrea Figueroa fue la próxima en comprar un TV a color, y más adelante Francisco Mendoza también compró uno. Entonces, nosotros nos fuimos mudando de sala en sala durante varias noches, pues ver una novela con sus colores reales era una maravilla en esa época. Nos reuníamos como en familia a la misma hora para disfrutar de la pantalla chica.

En la actualidad cada hogar posee su televisión a color. Esos tiempos no vuelven más, por eso me siento orgulloso de haber vivido todo eso.

¿Cómo eran las noches de los 80 y 90 cuando el picó El Pescador era lo último en sonido?

Esas noches eran bellas. Y sí, El Pescador logró atrapar a muchos muchachos durante largas horas. Los bailes se formaban donde Andrea Figueroa; sus hijos eran los disyóqueis. Una gran multitud se reunía en una sola parte con un mismo objetivo: alegrarse la vida moviendo los pies y las caderas.

Esa terapia criolla que se llama El giovanni fue el himno de casi todas esas noches gozosas. La gente no tenía pena para bailar. Éramos descomplicados. Y el que no sabía bailar, se le enseñaba; eso era lo de menos.

Ahora todo se está actualizando cada vez más, ya El Pescador no existe. Los equipos estéreo compactos de toda clase se han tomado la población. Ya no nos reunimos por las noches. El tiempo cambia y va rápido.

¿De qué manera se ha ido fortaleciendo la tradición oral en Bomba? ¿Qué podría afectarla?

Nuestro pueblo es rico, muy rico, pues sus habitantes han inventado dichos populares que no hay en otra parte del mundo, y eso lo convierte en un lugar original. Esas palabras son muy cotidianas, nunca faltan en una conversación; yo siempre las utilizo, no me apena hacerlo porque son parte de mis raíces.

La lista es larga, pero solo te mencionaré algunas de esas expresiones: “agueite”, “wirro,” “jerro”, “jichón”, “boddón”… me llama mucho la atención la palabra “ruea” porque fue inventada por una señora llamada Lorenza Ariza (quien falleció hace bastante tiempo) en un momento espontáneo. Y todos la hemos interpretado como una frase que se debe utilizar para no dejársela montar de nadie; viene siendo como un “yo no me dejo”.

Por otro lado, creo que las personas que viajan a las ciudades son las que podrían contaminar un poco nuestra tradición oral; me sorprende cuando un oriundo se va para Barranquilla y ya no quiere pisar el suelo y trata de refinarse tanto al hablar que termina por confundir. No me gustan las expresiones “picosas “como: “o sea, nena”; “uy, zona”; “ok”. Muchos las utilizan y terminan por olvidar las que les pertenecen de verdad.

En la población de Bomba día a día se reinventan el trato y la palabra. Cada expresión popular y genuina simboliza la carga emocional de quienes participan en una tertulia o en una discusión…

Sí. Y, justo ahora recuerdo a un par de señoras que eran hermanas: Dilia Figueroa y Teresa Figueroa; ellas no se podían ver ni en pintura. Si Dilia pasaba y movía una tusa, inmediatamente Teresa le respondía con alguna de esas palabras que pertenecen al pueblo y que nos sirven para descargar la rabia:

  • Ve, Dilia, ya tú vienes a hace’ que yo coja rabia. Sipote “ruea” esa.
  • No seas tú tan boca mala, Teresa. Déjame la vida tranquila. “Wirro”, como si yo tuviera que ve’ con ella.

Así comenzaban las peleas de ellas, y cuando yo veía que se ponía fea la situación iba a avisarle a Andrea Figueroa, que también era hermana de ellas:

  • Andrea, allá están sus hermanas peleando. Vaya para que las aparte.
  • Yo no, mijo. Déjalas que se maten pa’ ve’ a cuál de las dos enterramos primero. “Aguaite”, ellas en vez de buscar la salud lo que hacen es buscar pleito. Eso me tiene cansá’.

Esas peleas eran casi que cotidianas en aquel tiempo, pero ya todas esas señoras fallecieron.

¿Cuál es la anécdota que más lo ha marcado?

Recuerdo que llegué del colegio, y en ese momento supe que se había muerto alguien en el pueblo; tiré los libros y me fui al entierro. Lo vi en su ataúd, y la verdad, estaba hediondo; yo inhalé todo ese olor. A partir de ahí me daban fiebres y convulsiones. En el 97 me enfermé grandemente. Me llevaron a la población de Concordia, al Cerro de San Antonio y por último, a Barranquilla. Estaba muy mal. Me perdí en un sueño profundo. Los médicos no daban esperanzas de vida. Y en el pueblo de Bomba se regó que yo me iba a morir.

Las fiestas de mayo ya habían llegado, y la banda papayera de Calamar, Bolívar iba en el johnson para Bomba, pero nadie la fue a recibir al puerto. El pueblo estaba quieto; no había entusiasmo. Teresa Aragón, más conocida como “Jicho”, les comentó sobre mi grave situación. La música se enfrió.

La gente estaba apagada, pero seguían pendiente de mí. En el pueblo había un local de Telecom, cuando eso lo atendía la “Niña” Fela; entonces llamaron a Barranquilla, y mi mamá les dijo que yo ya estaba mejor, que ya me habían dado de alta. Según me cuentan, la fiesta fue grande. Otra vez la banda se motivó. Bailaron señoras que jamás pensé que bailarían: Bertina Julio, Diluvina Vega, Rosa Rojano, María Sáenz, Andrea Figueroa, Teresa Figueroa. A todas ellas les guardo mucho cariño.

Días después regresé al pueblo curado, y todas ellas me fueron a decir a la casa que habían bailado por mí. Cada vez que me acuerdo me da guayabo.

¿Ha pasado otro trago amargo en su vida?

Yo no, pero mi abuela Diluvina. Diría que un trago con sabor a vinagre. Y esta historia me causa mucha gracia: resulta que cuando mi abuelo se antojaba de comer arroz con leche, mi abuela Diluvina se lo cocinaba. Cuando ya estuvo listo, le sirvió a todos, hasta al perro, menos a mí. Hizo lo mismo en una segunda ocasión. Ni un pocillo me dio. Y yo me quedaba viendo lejos. Pero a la tercera no me aguanté. En un descuido que tuvo, agarré la botella del vinagre y le eché a su plato de arroz con leche. Luego, cuando ella se toma la primera cucharada dice:

  • ¡Ay, mi madre! Esto por qué sabe así. ¡Ay, Alejandro!
  • ¿Qué tiene tu arroz con leche?
  • Sabe raro.
  • Quién sabe qué le habrás echao’.
  • Esto sabe es a vinagre. ¡Ay, mi madre!
  • Ese fue nuestro nieto el que te hizo esa maldad, porque no le diste.

Al día siguiente volvió a cocinar arroz con leche, y a la primera persona que le sirvió fue a mí. Como quien dice: “para que no vuelva a hacerme otra travesura”.

También le hice travesuras a mi tía Sixta: una noche, me acuerdo muy bien que antes de irme a dormir, recogí unas piedrecitas para tirárselas. Dormíamos en el mismo cuarto: tía Sixta en una cama, tía Rosamelia en otra y yo dormía en una hamaca que colgaba en medio de las dos. Cuando estaban profundamente dormidas, le tiraba las piedrecitas a Sixta. Y ella gritaba:

  • ¡Ay, Rosamelia, mi hermana, prende el mechón! Alguna bruja está molestando en esta casa y no me deja dormir tranquila. Yo no creo que sea mi difunto hermano “Chago”, si yo nunca fui mala con él. Y si es él, entonces, que me deje tranquila, que no me asuste así.

Después de escuchar esos gritos, yo no podía aguantar la risa. Y como temía que me descubrieran, entonces doblaba la sábana con que me arropaba y me la ponía en la cara para que no sintieran mi risa.

Minutos después llega Batista, un hijo de mi tía Rosamelia y pregunta:

  • ¿Qué le pasa, tía Sixta, que la veo asustada?
  • Ay, “mijo”, es que siento que hay alguien en la casa que no me deja dormir tranquila.
  • Tía Sixta, espérese un momentico. Yo sé quién le está haciendo esta maldad. Mamá Rosamelia, prenda el mechón.

Se me acerca Batista a mi hamaca y me carga. Le pide a tía Rosamelia que sacuda la hamaca y la sábana. Y así fue. Efectivamente cayeron las piedras al suelo. Entonces dice:

  • Se lo dije, tía Sixta. Yo le dije que sabía quién era. Fue Henry.

Ante eso responde tía Sixta:

  • ¡Ay, “Chago”, mi hermano, perdóname!

Ah, tampoco puedo olvidar las diabluras que le hacía a mi abuelo Alejandro cuando íbamos los dos al rancho: una vez cortó una papaya de un árbol, la metió en un saco y lo colocó cerca de su burro y se alejó para terminar sus quehaceres. Yo me quedé mirando esa papaya que se veía jugosa, así que le quité las cáscaras y me la comí. Para evitar que me descubriera, eché las cáscaras en el saco y  metí la cabeza del burro en ese costal para que mi abuelo creyera que él se la había comido.

Al darse cuenta de eso, mi abuelo se quería reventar de la rabia y le dijo al burro:

  • ¡No joda! No te mato porque después quedo a pie.

Parece todas esas anécdotas hicieran fiesta en su memoria, y eso puede ser un gran privilegio para componer sus canciones o para interpretar los instrumento que más le apasionan.  

Así es. Recuerdo que cuando venían a Bomba las papayeras yo me iba detrás de ellas desde la tarde y no regresaba a cenar a mi casa. La trompeta, el clarinete, el bombardino y el trombón son instrumentos que suenan bien, pero yo quedé encantado fue con el bombo y el redoblante. Yo aprendí a tocarlos porque estuve muy atento a todo lo que hacían los músicos; no les quitaba la vista de encima.

Y, bueno, antes de escribir una canción, primero tengo que observar a eso que voy a describir en el papel; puede tratarse de una mujer, de sus ojos, su mirada, su pelo, su boca o su sonrisa. Y si me toca acercármele, lo hago y aprovecho la ocasión para expresarle lo que siento:

  • No sé qué te has robado tú de mí, que yo he llegado hasta tus pies. Quiero hacerte una canción…

Yo escribo en el patio de mi casa, pero mi lugar preferido es Loma grande, un pequeño potrero. Y debajo de un árbol de totumo me concentro, me inspiro y hago mis canciones. No es fácil hacer una canción, hay que pensar lo que se va a decir y hasta lo que no se va a decir.

 

 

Acerca de Carolina Herrera
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