El Misterio de la Resurrección

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Por: René Arrieta Pérez

El Acontecer

Jesús murió y al tercer día resucitó. Él como hijo de Dios ya tenía esa potestad, por eso lo anunció: puedo destruir el templo y reconstruirlo en tres días, como en efecto lo hizo después de su muerte, que él quiso y que debía suceder para redención de los pecados del hombre. Jesús representó un drama bíblico que ilustra el retorno del hombre hacia Dios Padre.

Resurrección viene del griego anástasis, que significa levantarse, ponerse en pie. En 1 Corintios: 15: 1-58 se habla de la resurrección de los muertos: “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las escrituras” (1 Corintios 15: 3-4).

Asimismo, en (1 Corintios 15: 22) se dice: “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados”. Adán es la caída, Cristo es la redención de Adán, el hombre nuevo. Jesús Cristo vino a predicar el reino de Dios entre los hombres. Para acceder al reino se debe cumplir con el mandato divino, por eso Jesús es el ejemplo, y él lo dijo: “Nadie viene al Padre sino por mí”. El hombre es imagen y semejanza de Dios en cuanto hace mérito de esa semejanza cumpliendo y siendo fiel a las dignidades de Dios, las cuales ejemplifica el Nazareno: Amor, Bien, Caridad, Humildad. Con el cumplimiento del mandato de Dios el hombre vence la muerte. En (1 Corintios: 26) se afirma: “Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte” (1 Corintios 15: 54). Es, justo, cuando el hombre resucita por la promesa del Cristo y nace el Nuevo Adán, liberado ya del pecado, y por supuesto, de la muerte. (Ilustrado en Romanos 5:12-21).

Toda esa promesa la ha tenido el hombre desde hace milenios y no ha hecho méritos y ha desobedecido erguido en su soberbia viviendo en la muerte. Por eso (1 Corintios 15:36) revela: “Necio, lo que tu siembras no se vivifica, sino muere antes”.

Y como existe un final de los tiempos y no todos se han resucitado habrá una oportunidad para todo aquel que enmiende su vida, sus obras, pensamientos y omisiones porque: “en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados”(…) (…) “Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad” (1 Corintios 15: 51-53).

Todo debe ser así, y “entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Soberbia es la muerte en victoria”

Aún, en estos tiempos últimos, la humanidad sigue viviendo en espíritu de muerte y no ha vivido en un renacer para despertar esa potencialidad con la que fue hecho a la imagen y semejanza del Creador.

La humanidad está dormida y vive un sueño de muerte. Todo es orgía de sangre y corrupción de la carne. El corazón del hombre se endureció como tal lo hizo el corazón del faraón que no acataba la palabra de Dios mandada a decir a él por la boca de Moisés.

En efecto, esto es un drama histórico y místico, una gran metáfora que sigue vigente. Moisés es palabra divina traída al mundo, y en la relación del faraón con el pueblo de Israel está el misterio. El faraón es una cara de la moneda, el corazón duro; Israel, el pueblo elegido de Dios que vive bajo los signos de esclavitud.

Israel como palabra sagrada e iniciática significa: Is (Isis, Madre divina), Ra, (Padre), Él (Dios en uno, el Cristo-Hijo).

Israel, el pueblo elegido, que por acción del Padre y la Madre conciben el Cristo, y la Tierra prometida, esa donde fluye leche y miel es la delicia de la vida en ese Adán renovado.

Pero como Jehová dijo a Moisés: “Di a los hijos de Israel: Vosotros sois pueblo de dura cerviz”. Y así es la humanidad dormida en sueño de muerte, con obras de perversidad y líderes como el faraón, de corazones endurecidos que mantienen esclavo a su pueblo. Caras de una misma moneda.

La resurrección de Jesús la relatan los evangelios: Mateo 28: 1-9, Juan 20 1-10, el evangelio apócrifo de Nicodemo.

La gloria o cuerpo glorioso en el nuevo Adán es resurrección, es vencimiento del sopor de la muerte en el ser, es tierra prometida, es potencia en cada hombre, es el ejemplo mismo de Jesús construyendo su templo. Es, además, signo, imagen, voluntad y acción.

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