“MIRADAS BIZCAS”… LA NATURALEZA DE RAMÓN ILLÁN

Ramon Illan Bacca at his house in Barranquilla on January 17, 2013

Pionero Caribeño de la Novela Policiaca.

A través de sus obras colmadas de descripciones satíricas y detectivescas del proceder histórico de la Región Caribe consiguió influir en la Literatura contemporánea colombiana.

Por: Linda Esperanza Aragón.

El Acontecer

Ramón Illán Bacca es amante de las letras, adorador de la literatura clásica, fanático del cine y fiel creador de anécdotas en donde convergen la sátira, el humor y la ficción. Estudió en la Facultad de Derecho en la Universidad Libre de Bogotá. Un samario de arterias que llevan la sangre oxigenada del Caribe; desde el corazón hasta la pluma fluyen las ideas que pasan a crear relatos en el papel. Ha sido un novelista capaz de proyectar en sus redacciones la pureza de las historias de la Región Caribe, destacando con sagacidad sus coyunturas sociales, políticas y culturales. Illán Bacca entinta sus narraciones de misterio y les adhiere un carácter policiaco.

Con su puño bohemio y creativo ha redactado diversas obras representativas, entre éstas se encuentran: Marihuana para Göering (1981), Déborah Kruel (1990), Maracas en la ópera (1996), Disfrázate como quieras (2002), La mujer barbuda (2011), entre otras. En dichas creaciones desata los roles de sus personajes sobre escenarios versátiles, además utiliza un lenguaje que refleja las costumbres de su tierra natal. Su ingenio literario lo han galardonado con el Cuento del Instituto Cultural del Magdalena (1979), el Cuento regional Diario del Caribe (1981), el Concurso Nacional de Novela Cámara de comercio de Medellín (1995) y el Premio Simón Bolívar de Periodismo Cultural (2004).

¿Cómo surgió ese vínculo con la lectura y la escritura en la infancia?

Yo era un niño al que le gustaba leer a pesar de los problemas con la vista; son de esas cosas paradójicas que suceden en la vida: tenía problemas con los ojos, sin embargo, me gustó leer desde pequeño. Cuando me operaron de la vista a los cinco años, le pedía a una tía que me contara la historia de El príncipe feliz, que es un cuento de Óscar Wilde: el príncipe pierde la vista, porque un ave le saca los ojos para repartírselos a los pobres. ¡Quedé muy fascinado con los cuentos!

Después estuve unos dos años en el seminario, pues, no había mejores colegios en ese momento en Santa Marta. No estuve allí porque quisiera ser cura. Allá las lecturas eran obligatorias, libros sanos, por supuesto. Seguí en ese afán de leer, realmente fui un lector. Leo bastante, me gusta leer.

En cuanto a lo de escribir, siempre lo he dicho, empecé escribiendo las cartas en mi casa pidiendo plata, que gustaban mucho, se las repartían y las leían entre todos, les parecían muy divertidas. Pero eso no resultaba porque tampoco me daban más plata, el primer intento fracasó.

¿Desde cuándo se prendió la chispa de implementar la sátira, el humor y el misterio en sus textos?

Creo que eso sí ya es algo que sale, es decir, hay gente que escribe serio, es su modo de ser, es su temperamento. Posiblemente, el temperamento mío es un poco de lo que yo llamo “miradas bizcas”, le veo siempre como el lado jocoso, el lado divertido, ese lado burlón. Con mucha frecuencia es lo que miro, es mi primer punto de vista; naturalmente si después me quedo un rato aquí, ya empiezo a analizar. No obstante, muchas veces la gente no nota el lado serio de lo estoy diciendo con humor.

¿Nunca pensó ser detective o policía en la vida real? ¿Siempre creyó en dejar escapar historias a través de los libros incursionando estas dos labores?

Cuando uno es juez de todos modos le toca hacer investigación, sobre todo cuando era juez de instrucción municipal. Tenía que recabar las primeras pruebas para todo juicio que se tuviera, entonces, uno ahí tiene una labor detectivesca.

Todo lo que tiene que ver con la indagación, la búsqueda me ha servido para encontrar un mundo misterioso. Realmente, ni yo mismo sé por qué sucede así, pero siempre sucede así.

Usted posee un gusto por el cine y la literatura, ¿es un gusto equilibrado o hay una inclinación mayor que la otra?

Yo escribo, no hago cine, me hubiera gustado hacerlo. En aquella época alguna vez pretendí estudiar cine pero rápidamente me di cuenta de que era imposible, aquí no habían escuelas de cine, tendría que haberme ido al exterior, no tenía suficiente plata, no había becas para eso.

Trabajé en el Instituto Colombiano de la Reforma Agraria (INCORA), y allí empecé a escribir en un periódico que trataba sobre temas campesinos, era sobre la Reforma Agraria. Entonces, me daban unos trabajos de los agrónomos, sobre el cultivo de la ipecacuana en Manatí, y me tocaba leer todo ese libro y volverlo periodístico. Tenía que leer toda esa cosa llena de gráficos y de palabras muy técnicas. Así fue como empecé a escribir, o sea empecé a hacer periodismo.

Más adelante, cuando estuve haciendo un suplemento literario en Barranquilla de 1973 a 1979, empecé a escribir cuentos, y me di cuenta que, verdaderamente, había hallado mi camino.

¿Qué significó ser parte del Diario El Caribe? ¿Sintió más libertad en la columna el Toque de Conticinio o en la literatura?

La columna fue muy libre, no tuve ninguna censura. La verdad es que no escribo sobre la política o el deporte o sobre cosas cívicas, escribo sobre temáticas culturales, entonces, en dicho ámbito hay menos tropiezos en materia de las opiniones. Aunque en el diario El Caribe hubo algunos desacuerdos con la dirección.

En mis libros es donde tengo plena libertad, puedo escribir lo que quiera, además no tengo que estar apegado a la historia ni al hecho veraz, uno se inventa lo que uno quiera en la literatura. Porque también he escrito crónicas, he escrito cómo se ha desenvuelto la literatura en esta ciudad, pero en ese ámbito tiene uno que ajustarse al hecho cierto, aunque en un momento dado fui un buen investigador, buscaba los datos para que lo que estuviera diciendo sobre cómo se había desenvuelto la literatura en Barranquilla. Creo que es de lo mejor que he hecho.

Usted redactó un breviario titulado “De cómo no he conocido a Gabo” en el 2004, pero luego en el 2006 tuvo un encuentro con García Márquez, ¿cómo fue tal episodio? ¿Le contó a Gabo sobre este breviario?

Dos años después lo conozco, y, sí, la verdad es que hacía mucho tiempo quería conocerlo porque yo era gran amigo de Germán Vargas, que hacía parte del Grupo de Barranquilla. Y cuando llegaba Gabo, Germán me decía: “no puede atenderte”, y en fin, pasaron muchos años, digamos diez o doce años. Recuerdo que alguna vez me había dicho mi amigo José Rafael Hernández: “no te afanes por conocer a alguien del que nunca llegarás a ser amigo”, una frase muy sabia.

Había perdido la esperanza, por eso mandé el artículo a El Malpensante para que me lo publicaran, no obstante, dos años después, en una recepción que hizo Alberto Abello Vives en Cartagena, en donde a Gabo lo iban a nombrar ‘Palabrero Wayúu’, lo conocí. Cuando estaba ahí, Jaime Abello le dijo a García: “mira, este señor escribió un artículo sobre ti diciendo que no te había conocido. Y después de eso, Gabo me dio un golpecito amistoso diciendo: “bueno, ya te jodiste, ya me conociste”. Nos sentamos y conversamos acerca de la vida cotidiana, dejamos a un lado el tema de la literatura.

Sus publicaciones han sido emblemáticas, sobre todo Deborah Kruel, ¿cómo surgió esta obra?

A mí me llama mucho la atención la Segunda Guerra Mundial, y este tema no se ha explotado casi en la literatura colombiana, porque en el interior no tuvieron nunca la vivencia de ella, mientras que aquí en la Costa, aunque muy esporádicamente, sí se sintió un poco la barbarie. En Santa Marta veíamos a los dirigibles que salían del Canal de Panamá hasta la Guajira, tratando de ver la sombra de los submarinos para llamar a aviones que los bombardearan; en Riohacha hubo un combate entre submarinos nazis contra buques aliados, entonces, la esta guerra sí tuvo presencia.

Escribí esta novela pensando un poco en la Segunda Guerra Mundial, el pretexto para ello fue una mujer de costumbres adelantadas para su época porque ella se bronceaba. Parece increíble, en esa época la mujeres tenían que ser pálidas, no debían asolearse nunca, ellas no iban al mar. Ésta diferencia sí lo hacía, pasaba por el palacio episcopal en bata de baño, al obispo le daba un ataque cada vez que la veía, y la gente en Santa Marta le ponía apodos. Y me acordé mucho de ese personaje, te estoy hablando de hace unos quince o veinte años después de eso. Recordaba mi infancia, recordaba ese personaje como insólito. Pero una novela sobre un personaje que se asoleaba no era un tema tan interesante, y tuve que ponerle detrás la complejidad de la Segunda Guerra Mundial y las crisis que evidenciaron las familias adineradas, incluyendo a la mía.

En Deborah Kruel, la Tía Dorita es una fusión de sus cinco tías, ¿cómo logró tal hazaña?

¡Poniéndole las expresiones que les escuchaba decir a mis tías en la vida real!

Se reconoce que usted ha ganado el Premio Simón Bolívar gracias a sus dotes en la redacción, en este sentido, qué lo gratifica más, ¿las voces de sus lectores recalcando que es un influyente en la literatura contemporánea o la entrega de un galardón?

En el momento en que me estaban dando el premio tenía dolor de muelas, así que no tuve mucha oportunidad de disfrutar ese momento, lo que quería era salir para ir donde el dentista. Fue un bello momento, lo fue.

Me gusta la opinión del lector. Ganándome premios o no ganándome premios, lo único que quiere un escritor es tener lectores y que se comente lo que se escribe, que surjan conversaciones. La relación escritor-lector es la que, realmente, me gratifica.

Acerca de Carolina Herrera
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