LOS SUEÑOS PERDIDOS DE TABACO

De cómo se vendió un pueblo entero en La Guajira.

Por: Juan Carlos Guardela Vásquez

Uno

Bernal Díaz del Castillo reseñó en algún paraje de su obra una rara especie de árbol, muy parecido a la ceiba, que provocaba inexplicables sensaciones a quienes estaban bajo su sombra. Cierta tradición oral asegura que existe un árbol que induce el mismo sueño a quienes estén recibiendo su frescura. Más allá de la imaginería de los primeros cronistas existe una referencia del fenómeno por parte del psiquiatra suizo Carl Jung en un viaje por tribus de África. Descubrió que algunos individuos en determinados clanes descansaban bajo un árbol específico con el fin de tener el mismo sueño cada noche y de esa manera escuchar el porvenir, trazar la siembra, el curso del agua y los matrimonios.

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Durante siglos los habitantes de Tabaco, un pequeño pueblo ubicado cerca de la Serranía del Perijá, a tres horas de Riohacha en La Guajira (Colombia), guardaron el secreto de un árbol que inducía un fenómeno onírico idéntico. Al parecer era una bonga cualquiera, sembrada al lado de un arroyo. Cuando la gente estaba atosigada por el sol durante el día se sentaban a descansar a su sombra obteniendo en las noches los mismos sueños. Algunos fueron escépticos pero otros aún son entusiastas con semejante divertimiento onírico. Los fines de semana las familias almorzaban bajo esas hojas encantadas.

La bonga guarda un sitio especial en el corazón de todos. Sin duda hace parte de la memoria emocional. Se dice que fue plantada por los fundadores del pueblo; unos negros capturados en la costa occidental de África en 1780 por un galeón portugués que luego encallaría cerca de Cabo de la Vela. Éstos se sublevaron apoderándose de la nao y la hicieron entrar por el río Rancherías hasta lo que es hoy la Media Guajira. De esa manera se salvaron de ser esclavos y fundaron cinco pequeños pueblos; uno de ellos, Tabaco.

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Dos

La noche del miércoles 8 de agosto de 2001 las familias Tirado y Reyes tuvieron el mismo sueño: José Reyes, hombre de rancherías, habituado a la crianza de chivos, marido de cinco mujeres y padre de diez hijos, gritaba algo que no se podía entender. Luego salió de su boca un río de miel. Otros en cambio dijeron que en ella había cientos de abejas. Detrás de José, en ese horizonte grisáceo y transparente que tienen los sueños, vino entonces el sigilo, las sombras: hombres de rostros cubiertos con pasamontañas, y enseguida el ruido de las fusilerías. Recuerdan que las familias comentaron con hilaridad lo soñaron.

Al día siguiente, justo al mediodía, la bonga de los sueños era talada con una inmensa motosierra de dientes de seis pulgadas. Al tiempo varios buldózer arrasaban las dos hileras de casas que conformaban la única calle. Lo extraño fue que un grupo de civiles armados con AK 47 y con grandes trancas de guayacán hacía el acompañamiento al ejército y la policía que emprendió el desalojo de más de 500 familias. Hubo llamados, gritos, desespero, golpes.

Tabaco era corregimiento de Hatonuevo, La Guajira. Tener bajo sus cimientos a la más grande reserva de carbón de Colombia fue su desgracia.

La empresa que compró el pueblo fue Intercor, subsidiaria de la Exxon en el desarrollo del proyecto Cerrejón Zona Norte. Este carbón es de muy alta calidad y requerido en el mercado mundial para la generación de energía por su poder calorífico y sus cualidades de bajo contenido en azufre, cenizas y humedad. Las mayores reservas se encuentran en los departamentos de La Guajira y el César, entre la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá. Esta es una cuenca con reservas que, según estimaciones de Ingeominas, superan las 38.000 hectáreas. En diciembre de 1976 se firmó el contrato de asociación entre Carbocol, S.A., empresa del Estado colombiano, e Intercor, filial de ExxonMobil, para el desarrollo de la zona norte del Cerrejón en el caso de la gran cuenca de La Guajira. Desde ese momento ya se sabía que algún día de algún siglo se tendría que desmantelar a Tabaco.

La orden de desalojo fue dada por Marta Peñaloza, la juez promiscua de Barrancas. El pueblo fue vendido por Enaimen Rodríguez, el alcalde de Hatonuevo de aquel entonces. El alcalde, el tesorero del municipio y hasta el cura se beneficiaron con la venta del pueblo a la empresa. El pago fue de 658 millones de pesos. El alcalde cobró por la sede de la policía 41 millones, por la escuela 48 millones, por el puesto de salud 32 millones, por el cementerio (en el que yacían restos de ancestros africanos) 22 millones. Por los espacios públicos y las vías, 197 millones, por las instalaciones de la luz eléctrica 86, por el parque 30 millones, y por las instalaciones de lo que tenían de acueducto, 26 millones.

El tesorero, Adulfo de Jesús Díaz, hizo el inventario del pueblo sólo durante el desalojo. En cuestión de horas, lo que tomó siglos en hacerse. Marcelo Graziosi, el cura italiano, vendió la iglesia por 45 millones de pesos, dinero que según los habitantes, consignó en un CDT de un banco en Riohacha.

La Corte Suprema de Justicia desde mayo de 2002 ordenó la reubicación de las 500 familias. Pero en Albania aún se encuentra la mayor parte de ellos y no han recibido un peso como contraprestación ni atención a su naturaleza de desplazados. Hoy nadie insiste en debatir la forma como se vendió el pueblo a la multinacional y por la presencia de civiles armados.

Mientras tanto no se sabe a qué bolsillos fueron a parar los 658 millones que Intercor giró a las arcas del municipio de Hatonuevo por la venta del corregimiento. La Defensoría del Pueblo sostiene aún que hubo irregularidades de todo tipo. Pero todo está igual que hace cinco años.

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Tres

Lo que los habitantes de Tabaco llaman pruebas del crimen son unas fotos endebles y amarillas que cuidan como un tesoro. Así fue como pudieron guardar para la posteridad las imágenes de las fachadas, de los cuartos donde se amaron y en donde se parieron hijos, así como las extensiones de los patios más querendones del mundo. La secuencia de fotos es más o menos así:

1. Vladimiro Barros mostrando con su puño lo que fue el pequeño billar.

2. Marcelo Graziosi, el cura advenedizo, con un gran crucifijo, prometiéndole al pueblo no lo venderán jamás.

3. Un buldózer amarillo mordiendo la puerta de la escuela, el tablero de la escuela, los trazos de creyón de las paredes.

4. El mismo buldózer mordiendo al parque, a la baranda del parque, al tiovivo del parque.

5. José Reyes y su hermano mirando serios desde su terraza donde tantas veces hicieron bailes.

6. Arístides Cataño con sus hijos sonriendo metidos en una carretilla.

7. Arístides Cataño con sus hijos, ya no sonriendo, ante los escombros de su casa.

8. Dos calderos. Dos ollas. Sin grasa familiar, con el polvo ocre de los pies de los perseguidos, de los desposeídos.

9. Pellito, el loquito del pueblo, mirando descamisado lo que pasa, en silencio.

10. Lo que fueron los techos. Lo que fueron las hornillas, los zarzos.

11. Una mujer sonríe —es la socióloga de la empresa que compró al pueblo— ordenando la incineración de restos en el cementerio.

12. Los funcionarios de la empresa que compró el pueblo esperando con los brazos cruzados.

13. La iglesia cayendo. De veras que les fue difícil echarla al suelo porque se trataba de paredes gruesas; argamasa de los siglos.

Nada más triste que una ranchería tronchada, por lo que tiene de ritual primigenio, de voz y emperamento colectivo.

Un gallo solo.

Un abuelo mirando los restos incinerados de su tatarabuelo venido del África.  Emilio Reyes con el cráneo sangrante y con un papel que tenía el inventario de lo que se comió el buldózer.

tabaco3Gloria Pertuz con los inmensos hematomas de los muslos causados por las trancas de guayacán.

Ironía: los paramilitares guareciéndose del mediodía bajo el rumor de las hojas de la bonga de los sueños —ese pilón historial—, instantes antes de ser tirada al suelo.

Cuatro

Las 500 familias están en la diáspora, algunos han sido hospedados por algún tiempo por familiares en sitios regados por los departamentos de la costa norte colombiana.

Lejos de su tierra han perdido la forma de subsistencia. Los Reyes se han quedado en Albania, un pueblo carbonero, que no vive de la minería y cuya población se mantiene inconforme porque La Mina (ubicada a unos tres kilómetros) nunca tiene trabajos para los nativos pero sí llegan de otros lados oleadas de trabajadores. José Reyes se ha mudado unas veinte veces, la última ha sido en Albania. La gente lo conoce, pero los que trabajan en la mina lo detestan ya que ha puesto en vilo, con el poder de su palabra, la misma producción.

Las familias se han organizado en una comunidad de resistencia que es dirigida por Reyes. A ese territorio que ya no les pertenece le llaman ahora “territorio hosco”.

“El día de morir es uno solo, a un guajiro no lo asustan con la muerte”, dice José Reyes al referirse a las incontables amenazas y a que se ha visto obligado a salir de unos veinte sitios.

“Tanto paramilitares como guerrilleros reciben dinero de todo este negocio. La historia hubiera sido otra si fuéramos ricos”.

Este hombre, que mantiene el mismo rostro de sus antepasados africanos, asegura que el sueño que tuvieron sus allegados y vecinos en el que lo vieron dando gritos indescifrables con la boca atollada de miel y abejas, fue en verdad premonitorio.

En abril de 2006 una ONG lo llevó a hablar frente al concejo de la ciudad de Salem, Massachussets, en los Estados Unidos. Allí denunció el atropello que hicieron con Tabaco. Salem lo recibió como un bravío defensor de los derechos humanos y le rindió honores. Dicha ciudad produce electricidad a una gran región de los Estados Unidos y lo hace por medio del carbón que compra a Colombia.

Un criador de chivos terminó convenciendo a las autoridades de esa ciudad para que presionaran a la empresa generadora de energía para que cancele la compra del mineral.

tabaco1La última persona que estuvo bajo la sombra de la bonga fue Emilio Reyes, hermano de José. Todos esperaron una señal, pero no se dio; él está seguro de que las cosas “curiosas” como esos sueños inducidos cesaron con el desmantelamiento de Tabaco.

“A quién no vuelve loco el que lo dejen sin cimientos en este mundo”, dice Emilio. “A veces voy a mirar de lejos lo que fue Tabaco y ahí sólo se ve una loma mocha. Me acerco a las vallas electrificadas y enseguida se me acercan hombres armados con perros y me dicen que ni siquiera puedo quedarme a ver lo que fue mío, porque ya es propiedad privada”.

Los daños ocasionados a Emilio por los golpes en el desalojo le albergaron un sueño recurrente en su cabeza. En ese sueño gris él está solo en mitad de Tabaco y hombres oscuros lo cercan, lo vigilan desde los árboles. Puede ver que a su lado hay fémures y clavículas. Pero de un momento a otro se suelta una lluvia tenue y los hombres oscuros se desvanecen.

Los Reyes intentan interpretar esos trazos alucinados creyendo que algún día una lluvia, venida quién sabe de dónde, hará desvanecer a quienes cometieron semejante atropello. Es como si para esta gente el sueño fuera la única forma de conseguir las cosas, y uno concluye que sus fuerzas ya no radican en sus creencias sino en la intensidad de su dolor.

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