Llamado angustiante a la unidad

Por: Fernando Araújo Rumié

En la historia republicana de Colombia existen varios momentos que han generado coyunturas políticas trascendentales para el país. Una crucial, fue aquel 20 de julio de 1810 en el cual después de una disputa entre españoles y criollos se instauró el Cabildo Abierto de Santa Fe. En este, se convidó al pueblo, para que sin disputas de poder, sin cálculos políticos, rechazaran el dominio español, ahí se dio inicio al proceso de independencia de la Nueva Granada.

Otro, fue el acontecido el 2 de octubre de 2016. El día más importante de la historia reciente de Colombia. Fue en este acto democrático, una versión más moderna que el Cabildo Abierto de 1810, en que los colombianos, sin egos, sin disputas de poder, sin cálculos políticos, rechazamos con convicciones y razones, el acuerdo de concesiones de Santos al terrorismo.

Estos dos hechos, entre otros de igual relevancia como la conocida séptima papeleta que condujo a la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, resaltan la importancia que tiene el pueblo soberano para la toma de decisiones más significativas sobre las gestiones del Gobierno y del poder mismo, representado en las instituciones del Estado de Derecho.

Sin embargo, por el desconocimiento de los resultados del plebiscito del 2 de octubre de 2016, el país hoy atraviesa por una muy profunda crisis política e institucional. Con toda razón la ciudadanía desconfía de los partidos tradicionales, de la clase política y de todas las ramas del poder público.

Al tiempo, la economía languidece. Tan solo impulsada por el aumento inusitado de los cultivos ilícitos, este año el crecimiento será menos que mediocre, no alcanzaremos ni el 2%.

Un colombiano no necesita ser muy informado para asociar los dos fenómenos. La lógica indica que padecer de un menor poder adquisitivo, atrasos en sus créditos y productos cada vez más distantes, es culpa de un Estado corrupto, junto con el presidente y los partidos tradicionales. La película de Venezuela de finales de los años 90, en la que por condenar el clientelismo eligieron el populismo, es la que no podemos repetir en Colombia. Ni clientelismo ni populismo.

Para terminar la fórmula de la catástrofe solo falta atomizar la oposición. Primero Chávez y ahora Maduro, allá en Venezuela, lograron que la oposición democrática se dispersara, se dividiera. Con mentiras y calumnias, el régimen, obtuvo la disolución de la otrora fuerte oposición. La dictadura aprendió la tarea maquiavélica de los emperadores: divide y reinarás.

La unión hace la fuerza. Este no es un llamado típico de época electoral a la unidad. Este es un llamado angustiante a la unidad. En el 2018 tenemos la última oportunidad de evitar el castrochavismo en Colombia, solo unidos lo lograremos. La historia lo ha demostrado. Los seis millones y medio de ciudadanos que votamos NO, junto a muchos que votaron Sí pero que no quieren al socialismo, estamos en la hora de actuar, sin cálculos políticos, sin vanidades humanas, lejos de intereses particulares. Llegó el momento para salvar a Colombia nuevamente.

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