La pequeña metrópolis

De Sabanalarga se ha dicho que es la tierra donde la inteligencia es peste, que la rutina pareciera repetirse como espejos y que el desarrollo se acentúa gracias a la pujanza de su gente.

Por: Linda Aragón

Los piropos, los besos a distancia, las picadas de ojo y las miradas intimidantes me generaron una discutible idea: toda mujer forastera, por muy agraciada o grotesca que sea, si visita  Sabanalarga, se dará cuenta de que no hallará un camino predecible; lo que encontrará será un trayecto intrépido que delata a sus hombres. Su coquetería está hecha de buena madera. No escapé del galanteo, quizá porque fui muy evidente: cuadernillo y lápiz en mano, el movimiento de la nuca que iba de izquierda a derecha y las piernas vestidas de curiosidad. Definitivamente, parecía una cámara filmando planos panorámicos. Pisar allí hace que el cuerpo se torne hechizado por la contemplación de los paisajes, los sonidos y la naturaleza que poco a poco se va haciendo íntima amiga del pavimento.

dummy-640x310-0Un domingo las tiendas abren temprano, el carnicero lo vende todo, los señores se sienten atraídos por los encantos de las esquinas, las motos levantan polvorín en las calles constantemente, los habitantes con sus quehaceres comienzan a darle vida al día. No era extraño ver ceños fruncidos por el intenso calor. Tampoco era raro ver antenas satelitales en la mayoría de los techos de las viviendas porque el municipio se está actualizando. Los “sabanalargueros” quieren ir más allá de los canales nacionales y de los cuentos que van de boca en boca. Con eso de la tecnología, el que camina ahora puede surcar, y el que surca no hay quien lo ataje navegando.

A medida en que se transitaba era posible toparse con “Todo a Cinco mil #1”; después de algunas cuantas casas estaba “Todo a Cinco mil # 2”, es decir, lo que no se encontraba en el primero, se conseguía en el segundo al mismo precio. Ni un peso más ni un peso menos. Así mismo, había un abanico de lugares para los gustos y antojos: panaderías; pizzerías; heladerías; restaurantes; bares; droguerías; ferreterías; bisuterías; bancos; tiendas de ropa; estudios de fotografía; centros de enseñanza automotriz. En la metrópolis polvorienta nadie se estanca.

Por lo anterior, no significa que se quedaron en el olvido los vendedores de raspados, bolis, limonada, chicha de maíz, ni las tiendas donde se puede fiar y llevar la cuenta en un “vale”; por el contrario, la atmósfera refulgente les triplica la clientela. Los niños, muchachos y señores aún salían con las monedas empuñadas para comprar bolsas de agua o patillazo. Refrescarse era un placer que levantaba a la gente de sus puestos. Una faena a la que ninguno le sacaba excusas.

FrontisSab

Donde uno menos se lo espera aprende algo nuevo. Después de haber recorrido caminos anchos y estrechos, me acerqué a las chozas que estaban contiguas a la iglesia San Antonio. El objetivo era curiosear. Y mientras husmeaba, apareció un paisa. Le pregunté por el precio de varias correas y le pedí el favor de que me mostrara las de cuero y las de sintético.

Este comenzó a acariciarlas como si fuesen el arte más trabajado del mundo. Tocaba y tocaba. Cada tanteo que ejecutó era una premisa para llegar a una conclusión: “si quiere identificar un cinturón de cuero, entiérrele la uña con fuerza, si siente dolor porque se le dobla o se le parte, entonces, sí lo es”. El tipo vendía productos tratados mediante el curtido. Si la situación se presta, los comerciantes aprovechan para sacarle chanzas al cliente, y esta no fue la excepción, al cabo rato de su exposición me dijo: “usted está averiguando todo esto es pa’ darle correazos al novio”.

Seguí andando y tirando planos panorámicos. En la plaza de esta chica ciudad, cuando preguntaba dónde quedaba un sitio, había un grupo de señores que enmudecían, se miraban las caras, pensaban y respondían melódicamente. Era como un coro organizado y prediseñado. Las respuestas parecían que vinieran de una orquesta y que el director fuese José Roca Ramos, un hombre flaco y gentil de 61 años que a simple vista pareciera que añorara a la Sabanalarga de antes: “en el pasado eran burros, mulos y arena, hoy lo que hay son motos y camperos Jeep”. Roca vigilaba los carros que se parquean a las afueras de los bancos. Si le preguntan mucho, él contesta de todo.

***

Un espectáculo que no exigía boleta

Carca a la plaza, el naturista Rogelio Álvarez reunía a quienes iban pasando. Amplificaba su llamado a través de un micrófono de diadema. Sobre el pavimento extendía un mantel, en el cual colocaba sábilas, raíces, contras, zanahorias, cebollas, papas, linaza y agua, sus herramientas vitales para persuadir a los que lo atendían. Era como un “show” en donde lo importante era lo que se hacía, y no quien lo hacía.

Rogelio abría los espacios para todo aquel que quisiera preguntar u opinar. Lo más aclamado eran las recetas para regular el colon irritable, el estreñimiento, el colesterol y los triglicéridos. Ante esto él sugería mezclar una penca de sábila con tres limones, miel y vino Sansón. Ese era el remedio para eliminar la grasa del cuerpo. Y en el centro de una ronda preparaba las bebidas. Para todos había una probadita.

avenida-calle-21-barranquilla-colombia+1152_13368061752-tpfil02aw-15838

Desde los hongos de los pies hasta enfermedades de alto riesgo se atrevía a tratar. Casi que un ágora era lo que fomentaba. A las personas no les daba pena preguntar abiertamente. Nada al oído. Lo que menos tenía Álvarez era pena, no había tapujos para reiterar que para la boca amarga y la saliva espesa servía la sábila o para demostrar que los chitos son una bomba calórica hecha de cartón y petróleo, puesto que al tener contacto con el fuego se incendiaban. Era un espectáculo que no exigía entradas.

***

Sabanalarga: refugio de fortunas culinarias

La Cuchara era un restaurante que tenía un nombre evidente, un tamaño afable y una bonita carpa azul que le daba sombra a las mesas que estaban en su terraza. Su menú ofrecía pollo a la parrilla, costillas de cerdo, filete de res, arepas de choclo, tortas. Se ambientaba con un radio miniatura que misteriosamente sonaba fuerte. Su carta no era especialmente para celebridades, no obstante, tenía la sazón que codifican e  interpretan los paladares criollos. Su único mesero, Andrés Galindo me reveló que al sitio aún no han llegado famosos, pero que siempre acude la gente común, algo que le era gratificante, por lo que esta sí entiende los sabores.

CasaCulSaLuego de conversar con el camarero, le pedí el favor de que me apartara una mesa, que regresaría en cuanto le diera una última vuelta al municipio. Posteriormente, me dispuse a marchar,  descubrir y describir.

En una calle limpia y afluida rocé con La Fonda Paisa, la cual llevaba veinte años de encontrarse en la pequeña urbe. A diferencia de La Cuchara, en esta se adornaban las paredes con ruanas y sombreros y se entraba el sol por las puertas. Al acomodarme,  inhalé y exhalé. Me sentí como en casa.

Antes de ver el menú, creí que allí solamente servían recetas antioqueñas, sin embargo, la sobrebarriga a la plancha, la carne en posta, la sopa de mondongo, la sopa de guandú, la chuleta de cerdo y el pollo asado eran los platos que más se vendían. No pude resistirme ante semejantes deleites. Le fui infiel a aquella carpa azul. Quedé atrapada en la fonda.

Sorprendentemente, quien ve primero a La Fonda Paisa es difícil de que se vaya a otro restaurante. El paladar se entusiasmó tanto que, al instante se me olvidó por completo el espectáculo y los apuntes de Rogelio. La sopa de mondongo y la carne en posta estaban exquisitas.

***

Prometí regresar en vacaciones a Sabanalarga, la mini metrópolis que vale por lo que tiene y por lo que es. Si bien, aunque ahora esté más modernizada, sigue conservando la arena que se levanta con el viento y a la gente perspicaz como José Roca, quien cree en un futuro promisorio que no se desprenda del ayer porque considera que en el pasado está la magia, está el distintivo que cautiva a los visitantes.

José me contó también que a veces los forasteros notan a algunos oriundos con un estilo descomplicado y sencillo, y se asombran en el momento en que entablan conversaciones porque resulta que esos descomplicados son abogados, odontólogos, negociantes, ingenieros, docentes, periodistas, psicólogos o médicos. “De la Normal Superior Santa Teresita hay egresados que ya son grandes profesionales; ellos nos representan afuera.  Aquí hay gente sabia, pero lo más importante es que hay honradez”, agregó.

Hoy por hoy quien visite este municipio del Atlántico puede irse convencido de algo: en Sabanalarga no solo la inteligencia es peste, también el desarrollo trajo de todo y los contagió a todos.

 

Acerca de Carolina Herrera
El Periódico El Acontecer, es propiedad de: ACONTECER PRODUCCIONES LTDA. Gerente general y director digital: Mauricio Martello Consejo de redacción : Carolina Herrera

Be the first to comment

Leave a Reply

pie de página el acontecer

Gerente Gral y Co/fun: Mauricio Martello Díaz
Directora Fundadora: Carolina Herrera
Secretario General y Asesor Jurídico: Antonio David Castellanos Lenes
Asesor de Sistemas: Jairo Enrique Amaris Hernandez
Coordinador de Arte y Cultura: Franklin Vega Zambrano

Consejo de Redacción:
William Hundelshauseen
Luis Sanchez
René Arrieta
George Salgado
Maria Camila Ruiz Bonilla

Consejo Editorial:
Juan Carlos Guardela
Carolina Herrera
Ramon Rodriguez
Winston Morales Ch.
Maria Camila Ruiz Bonilla
Mauricio Zapata Hoyos

elacontecer@hotmail.com
Cartagena de Indias D.T y C - Colombia Sur America
© Copyright 2018 - El Acontecer - All Rights Reserved.