EL ESTORBO AMBULANTE

Relato de una joven universitaria que atraviesa una ‘apretada’ situación al cargar su máquina de escribir en el transporte público.

Por: Linda Esperanza Aragón

El Acontecer

Tenía que representar al escritor estadounidense Ernest Hemingway en una clase de redacción periodística. Era importante que la obra teatral resultara lo más real posible. Ese día, salí con la vestimenta desde mi casa: camisa blanca, pantalón negro, barba postiza, bufanda marrón, fajón y zapatos oscuros. Además, cargaba con algo que en la actualidad simboliza una extrañeza o un artefacto del olvido. Su peso limitaba mi andar, por eso me detenía en cada esquina para tomar aire y recobrar gallardía, antes de abordar algún vehículo de Transmetro.

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Eso que cargaban mis manos era un regalo que le había hecho mi abuelo Héctor a mi mamá en sus tiempos académicos de la primaria. Tal aparato de antaño provocó cuchicheos, chiflidos, abucheos y carcajadas. Parecía que la comedia había empezado desde que salí a la calle. Por donde caminaba, había miradas siguiéndome. Se trataba de instantes incómodos e inexplicables, ya que las personas no se impactaron por el vestuario, si no por lo que yo sujetaba desesperadamente.

Las rutas de este sistema de transporte siempre van copadas, lo que yo cargaba para muchos era un estorbo ambulante, robaba espacio y era un oprobio colectivo. Sin embargo, entre tantos cuerpos embutidos en un mismo bus, un hombre que estaba sentado rompió el silencio y dijo: “venga, mija, yo le llevo eso”. Acepté y seguí de pie.

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Después de bajarme, me sentí despejada y liviana. Me estiré, miré mis manos y pensé en que algo me hacía falta. Y así era, olvidé aquello que traía. Entonces, me devolví y me di cuenta de que ahí estaba el aparatejo, arrumado a un muro de la estación Joe Arroyo. Claro, porque nadie se robaría una máquina de escribir. ¿Quién se la llevaría corriendo? Nadie. Un teléfono sí, pero esa reliquia solamente generaba ceños fruncidos y asombros notorios.

Vivimos en una sociedad insegura y escandalizada. De manera que es imprescindible resguardar lo que llevamos encima, pues en un tris se esfuma. Y con la anécdota anterior queda constatado que lo del pasado, se instala en el pasado. Hoy por hoy, hay cosas que han perdido su valor y se les arrincona la gran utilidad que proporcionaron alguna vez. Son pocos los que hacen uso de las máquinas de escribir, como los transcriptores que se ubican cerca de la Registraduría en el Centro Histórico de Barranquilla o los escritores que todavía encuentran su esencia a través de la complicidad que les brindan a sus inspiraciones y del sonido inigualable que surge al hundir sus teclas.

Contacto: Lindaearagonm12@hotmail.com

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