Antonio Nariño: 250 años

Nicolas Penett

Periodista, traductor, librero, pero también hombre de política y de guerra, Antonio Nariño encarnó el sueño de un país moderno e ilustrado y un Estado centralizado funcional que todavía parecen esperar ser construidos un cuarto de milenio después de su nacimiento.  

Por: Nicolás Pernett

El papel de los derechos

El 9 de abril es un fecha que desde hace varias décadas ha sido casi totalmente copada por el recuerdo del magnicidio del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, ocurrido en 1948. En los últimos años esta fecha también ha sido escogida como día de conmemoración de las víctimas del conflicto armado y como ocasión para la realización de todo tipo de marchas en apoyo al proceso de paz.
En 2015, sin embargo, el 9 de abril coincidió con otra conmemoración importante: los 250 años del nacimiento de Antonio Nariño, político, escritor y militar que cumplió un papel protagónico en el proceso de independencia de la actual Colombia y prócer encumbrado en los más altos escaños del panteón nacional.
La historiografía colombiana empezó a recordar a Antonio Nariño pocos años después de su muerte, el 13 de diciembre de 1823, principalmente por su papel como traductor e impresor de algunos ejemplares de los Derechos del Hombre y el Ciudadano en 1793, importados de los documentos producidos por la Revolución francesa.
Muy pronto se empezó a enseñar en colegios y actos cívicos que con este solo papel que contenía 17 artículos de derechos burgueses el pueblo entero empezó a soñar con la libertad del Imperio español, y por esta acción, Nariño fue considerado el Precursor de la Independencia.

Nariño se posicionó como un símbolo de lo que Colombia aspiraba a ser: una nación ilustrada, con ideales modernos que se traducían en un conjunto de artículos impresos.

La historia, sin embargo, fue algo diferente. Es cierto que a Nariño lo persiguieron y apresaron a raíz de esta publicación, pero es de suponer que no fue por el alcance e impacto de la misma, de la que solo alcanzaron a leerse unos cuantos ejemplares antes de que todos los demás fueran quemados.
En ese momento las autoridades españolas en América estaban en estado de máxima alerta ante cualquier indicio de rebeldía en las colonias a raíz de los vientos revolucionarios que agitaban Europa, y la noticia de esta traducción (y sobre todo la defensa que hizo de ella Nariño ante la Audiencia que lo investigó) hizo que no lo pensaran dos veces antes de ordenar su encierro. Además, Nariño, que desde muy joven había hecho parte de la burocracia local, tenía poderosos enemigos dentro del gobierno que aprovecharon este “desliz” para ponerlo rápidamente tras las rejas.
Los Derechos del Hombre traducidos por Nariño tuvieron realmente difusión muchos años después, cuando las numerosas constituciones escritas en las provincias que se declararon autónomas ante el apresamiento del rey Fernando VII a manos de Napoleón, los reprodujeron como prefacio a sus textos.
Fue entonces que empezó el culto a Antonio Nariño como Precursor de los derechos. En un país educado en una cultura legalista amante de los decretos, los incisos y los artículos, las provincias recién “independizadas” se vanagloriaron de su carácter progresista con la redacción de majestuosas constituciones que incluían los Derechos del Hombre, pero que no eran leídas por casi nadie ya que la población era en su mayor parte analfabeta.
La mayoría de estos textos que proclamaban la ciudadanía con derechos (en ese momento bastante restringida) no fueron más que letra muerta. Pero la figura de Nariño se posicionó como un símbolo de lo que Colombia aspiraba a ser: una nación ilustrada, con ideales modernos que se traducían en un conjunto de artículos impresos.

Página del periódico La Bagatela publicada en 1892.
Página del periódico La Bagatela publicada en 1892.
Foto: BLAA

Un verdadero precursor

Sin embargo, es justo reconocer que Antonio Nariño sí fue un verdadero precursor, por muchas más razones que la impresión clandestina de los Derechos del Hombre. En la Santafé colonial fue en gran parte por su impulso que se estableció una cultura letrada de discusión y de búsqueda de una administración racional de las riquezas del país. Su librería, su imprenta privada (la primera del país), así como las reuniones masónicas en su casa, fueron espacios que buscaron introducir en el Nuevo Reino de Granada una verdadera modernidad política y científica.
Pero Nariño también fue un hombre de acción y de política. Cuando el momento lo precisó, actuó con rapidez y entendió antes que muchos que la única opción posible ante la crisis de la Corona española era la independencia total de las colonias. Como Simón Bolívar, Nariño habló de independencia absoluta desde 1810, cuando la mayoría de prohombres de la patria todavía estaban tratando de sacar adelante un modelo administrativo que les permitiera seguir siendo parte del Imperio, pero con ellos como administradores en lugar de los virreyes peninsulares.
Por eso, cuando llegó a la Presidencia del Estado de Cundinamarca una de sus primeras acciones fue la declaratoria de independencia absoluta, el 16 de julio de 1813, y la preparación de una campaña militar a Pasto y Popayán que acabara con los últimos reductos de dominio español.
Junto a la espada, Nariño siempre utilizó la imprenta como una aliada política imprescindible. Con su periódico La Bagatela tumbó o puso a temblar a más de un gobierno en Santafé y con Los toros de Fucha se defendió de los ataques de la cohorte de Francisco de Paula Santander que siempre lo vio como su principal enemigo. Al hacer esto instauró en Colombia la tradición de que ningún poder político se sostiene sin un órgano de divulgación periodística. Así fue durante el siglo XIX y buena parte del siglo XX, y en nuestros días se ha mantenido la tradición aunque a través de medios como la televisión y la radio.

División política del Virreinato de Santafé en 1810.
División política del Virreinato de Santafé en 1810.
Foto: Wikimedia

La duradera pregunta por el centralismo

Fue con estos medios de comunicación que Nariño defendió su proyecto político más ambicionado: el centralismo. En su visión idealista de la política la única manera de gobernar el nuevo país era con un Estado centralizado y regido con los más altos estándares legislativos, en imitación de su admirada Francia. Sin embargo, la realidad del incipiente país era que los poderes locales no estaban interesados en someterse a la autoridad de una distante Santafé, cuando lo que les quedaba más cerca era buscar una salida al mar para exportar sus materias primas mientras mantenían cautiva a su población tributante (y después sufragante).
La disyuntiva entre el centralismo y el federalismo se transformó en un prolongado pleito entre 1810 y 1815, período que el propio Nariño bautizó como la “patria boba”, durante el cual cada bando intentó imponer con las armas su manera de entender y gobernar el país, antes de que las tropas españolas emprendieran la reconquista y el país entrara en otra instancia muy distinta de su proceso emancipador.
Sin embargo, la llamada patria boba no fue tan boba o inútil como se ha repetido tantas veces. Es más, se puede argumentar que buena parte de los problemas que ha enfrentado Colombia en los últimos dos siglos vienen precisamente de no haber resuelto adecuadamente los debates que planteó el debate centralismo-federalismo.
Aunque a la final se impondría el centralismo nariñista, pero encarnado por Simón Bolívar, el gobierno central de la nueva República de Colombia nunca pudo hacer presencia efectiva en todo el territorio ni desarmar a los caudillos regionales, quienes sometieron al país a una serie de guerras civiles periódicas para imponer sus propios gobiernos con los únicos métodos que dejaba la democracia restringida preconizada desde Bogotá: por las armas. Así, mientras desde la capital se proclamaba un centralismo de papel, los intereses y ejércitos locales seguían operando por su cuenta.

Buena parte de los problemas que ha enfrentado Colombia en los últimos dos siglos vienen precisamente de no haber resuelto adecuadamente los debates que planteó el debate centralismo-federalismo.

Todavía hoy no hemos respondido las preguntas que dejó la “patria boba”. Pues, cómo no ver los rezagos del sistema centralista nunca adecuadamente implementado en la violencia de los últimos cincuenta años, o en la violencia actual del país, con regiones controladas por bandas criminales y carteles de drogas todopoderosos, mientras desde la capital se siguen emitiendo legislaciones que, como en la colonia, se obedecen pero no se cumplen.
A la final, esa es la paradoja del legado de Antonio Nariño, quien soñó un país centralizado y basado en derechos ciudadanos y legislación racional que todavía funciona como horizonte soñado de la política nacional. Sin embargo, en la práctica, los gobiernos nacionales se quedaron solo en la exaltación de ese sueño y en su diseño y organización teórica, mientras los amos de la guerra siguieron imponiendo su sistema de control territorial para saciar sus propios intereses.
Tal vez peor que una utopía que nunca llega a cumplirse, sea este anhelado proyecto de nación, que por todas partes aparece escrito, pero que en muy pocas parece disfrutarse plenamente.

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