El idioma es un campo de batalla

¿Armas o letras?

 

Nicolás Pernett

Por: Nicolás Pernett

Aunque muchos creen que pueden cambiar el mundo con las palabras, parece que al final son estas las que terminan acomodándose a las realidades económicas y políticas de sus hablantes.

En este año en que se celebra la memoria de Miguel de Cervantes Saavedra con motivo de los 400 años de su muerte, bien vale la pena empezar este texto con una referencia a su libro más conocido.

En el famoso “discurso de las armas y las letras”, don Quijote de La Mancha hace una defensa de la labor de los soldados y de las armas, a los que considera superiores a los pobres logros de las letras, las leyes y los letrados.
Aunque este monólogo fue escrito para criticar la primacía de los aristócratas ociosos por encima de los soldados y guerreros (grupo al que pertenecía el propio Cervantes) en la nobleza española del siglo XVI, muchos intelectuales antibelicistas han tenido que aceptar con los siglos que tal vez el triste caballero tenía razón y que en muchos casos de nada sirven las letras mejor escritas o las palabras mejor pronunciadas contra la contundencia del poder armado.
Es innegable que el poder político se consigue y se asegura con el dominio del lenguaje, pues cómo se nombra determina cómo se piensa. Por eso, el idioma es uno de los primeros botines que se aseguran los poderes totalitarios de todas las clases, desde los padres opresores hasta las potencias internacionales. Pero al control de este poder simbólico suele llegarse, primero, a través de una imposición territorial, económica y militar.
Es por las armas (o por poderes similares) que ciertos idiomas se han convertido en los más poderosos y usados del mundo y es por el poder de las armas que un nativo de América como yo escribe este artículo ahora en español. Por eso un viejo chiste dice que la única diferencia entre un dialecto y un idioma es un buen ejército.

Pelear por las palabras

Academia Colombiana de la Lengua.

Academia Colombiana de la Lengua.
Foto: Wikimedia Commons

A pesar de esto, se ha vuelto corriente que las luchas por la inclusión social y política en nuestros tiempos empiecen (y

algunas veces se queden) en la reformulación del lenguaje. Así, la lucha por los derechos de las mujeres o de las minorías suelen reforzarse con la promulgación de todo tipo de circunloquios y cuidados para que la historia de opresión y exclusión no se prolongue en las palabras que usamos.
Nada más cierto que decir que vivimos en un mundo machista, excluyente y jerárquico, y que el lenguaje cotidiano en muchos casos refleja estas desigualdades. Pero al mismo tiempo, nada es más ingenuo que pensar que solo con cambiar algunos sustantivos o incluir los dos géneros en todas las intervenciones políticas, estos graves problemas sociales se solucionarán.

La única diferencia entre un dialecto y un idioma es un buen ejército.

Esta suposición es tan risible como el capítulo de la serie de dibujos animados El siguiente programa en el que el presidente de Colombia decidió cambiar el nombre del país por Paz, para poder decirle a sus votantes: “vivimos en Paz”.
Afortunadamente, los luchadores (de todos los géneros) por los derechos ciudadanos saben que la pelea por la equidad se gana cambiando patrones de comportamiento, leyes, asignaciones salariales y representaciones culturales, y no solo poniendo un signo @ para indeterminar el género en una frase escrita.
Por el contrario, es posible que si se lograran estos cambios reales, el uso cotidiano del lenguaje cambiaría naturalmente sin necesidad de divulgar manuales de redacción no sexista o glosarios de lenguaje políticamente correcto.
Tal vez un defensor del lenguaje incluyente podría replicar que el cambio en el uso del idioma es un primer paso para asegurar la inclusión futura y que esto es tan necesario como las reformas legales o económicas. Sin embargo, al parecer, el uso del lenguaje incluyente se ha popularizado precisamente porque cumple la función política de ser un primer paso que asegura que no haya un segundo.
No es por eso raro que tantos gobiernos de habla hispana hayan adoptado dichosos las fórmulas del “todos y todas”, de “los afrodescendientes” o de “las personas en situación de pobreza”, para al mismo tiempo mantener sin grandes cambios la exclusión sexista, la discriminación racial y la opresión económica en sus países.
Como en la novela 1984 de George Orwell, en la que las peores torturas se hacían en el llamado Ministerio del Amor, vivimos una época en la que dejamos morir a “nuestros” niños de hambre y en el que “todos y todas” gastamos nuestro dinero en los productos culturales de una sociedad machista.
La propia Real Academia Española se pronunció sobre el lenguaje incluyente en 2012 para rechazar su uso, no por razones políticas sino porque consideró que si se seguían los parámetros de inclusión de géneros se terminaría hablando un español incomprensible.
Justamente es este español ridículo y sobrecargado de enumeraciones y de juegos vocálicos para no dejar ningún género por fuera el que causa todo tipo burlas cuando es usado por el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Sin embargo, no hay mucha diferencia entre los “millones y millonas” de Maduro que tantas carcajadas han despertado y los “sujetos y sujetas” o los “actores y actrices del conflicto armado” que se pueden leer en publicaciones académicas colombianas.

Español de coctel

Sede de la real Academia de la Lengua Española en Madrid.

Algunas de estas peliagudas cuestiones se trataron, aunque tangencialmente, en el VII Congreso Internacional de la Lengua Española, que se realizó este mes en Puerto Rico. Aunque el tema del encuentro fue el idioma español y la creatividad, y muchas actividades estuvieron dedicadas principalmente a honrar autores como Rubén Darío (por el centenario de su muerte), Juan Ramón Jiménez (por haber muerto en Puerto Rico) o Cervantes (por el aniversario mencionado), la tensa relación entre idioma y política no estuvo ausente de las ponencias del evento.
Uno de los primeros exabruptos del Congreso fueron las declaraciones del rey de España y del director del Instituto Cervantes, quienes, a pesar de querer parecer agradables, ofendieron desde el primer día a su público, el primero por mostrarse complacido por “visitar Estados Unidos” y el segundo por festejar que este Congreso de la Lengua fuera el primero que se realizaba “por fuera de Hispanoamérica”.

Como era de esperarse, estos deslices desataron la furia de algunos puertorriqueños que resaltaron la pelea de su isla por mantenerse hispanohablante a pesar de la influencia política de Estados Unidos, como para que un peninsular los sacara tan fácilmente del área hispana. Sin embargo, es claro que para poderes tan altos como los mencionados en este caso las armas pesan más que las letras y Puerto Rico es una colonia norteamericana a pesar del idioma que hable.
Aunque buena parte del Congreso se dedicó a ponderar las virtudes del español, su crecimiento demográfico y la belleza de algunas de sus palabras, algunas mesas trataron sobre los problemas reales del entorno hispanohablante. Por ejemplo, en una de ellas el escritor Jorge Volpi recordó la pobre injerencia del español en las publicaciones científicas del mundo, en las que el inglés sigue siendo la lengua dominante. Esto no es más que un reflejo, aseguró Volpi, de las pobres políticas de ciencia e innovación de nuestros países.
Otro incidente diciente fue el lamento del escritor cubano Leonardo Padura durante la ceremonia de clausura por la ausencia de los representantes de la Academia Cubana de la Lengua, a quienes se les negó el visado para asistir al encuentro.
Estas dos “anécdotas” sirven para apreciar cuál es el peso real del español en el contexto internacional. Están muy bien las felicitaciones y celebraciones por que el español sea hablado en este momento por 500 millones de personas en el mundo. Puede producir mucho orgullo además que sea el tercer idioma más usado en internet. Y no deja de producir cierta sorpresa que la segunda población más grande de hispanohablantes del mundo esté en Estados Unidos.
Sin embargo, estos motivos de orgullo parecen poca cosa ante la realidad política y cultural de los hispanohablantes del mundo, que son precisamente los que todavía no pueden acceder a pasaportes que les garanticen la entrada a cualquier lugar del mundo. Son los millones de internautas hispanos los que comparten diariamente todo tipo de contenidos en internet, excepto los que están cambiando al planeta en áreas como la ciencia y la tecnología. Y son esos millones de hispanohablantes en Estados Unidos los que ahora son carne de cañón de campañas políticas xenófobas (algunas veces respaldadas por ellos mismos).
Dicen que alguna vez el rey Carlos V dijo que usaba el italiano para hablar con las mujeres, el alemán para hablar con su caballo y el español para hablar con Dios. Es posible que a pesar de la belleza de las oraciones y de los ritos litúrgicos en la lengua de Cervantes, los dos primeros idiomas le hayan sido mucho más útiles en la consolidación de su imperio a este monarca español.

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